Mateu y el diente de mosasaurio mágico

Mateu y el diente de mososaurio mágico

Un cuento infantil sobre el sueño de un niño al que le encantan los dinosaurios.

Mateu se despertó en mitad de la noche. Algo brillaba en el escritorio de papá.

—¿Será una luciérnaga? —murmuró frotándose los ojos.

Se deslizó fuera de la cama y caminó de puntillas. Al acercarse, se dio cuenta de que el objeto resplandeciente era el diente de mosasaurio que habían comprado en una pequeña tienda de recuerdos. La encontraron por casualidad un día que se detuvieron a comer helado con papá y mamá. Fue genial encontrar ese tesoro entre baratijas para turistas.

—Técnicamente, los mosasaurios no son dinosaurios, sino reptiles acuáticos —recordó Mateu, imitando la voz de su padre—. Pero vivieron en la época de los dinosaurios, así que casi cuenta.

Tomó el diente en su mano y, de repente, sintió un cosquilleo en los pies, luego en las piernas… y, en un parpadeo, ¡el mundo a su alrededor cambió!

De repente, estaba en una selva. Todo era gigantesco: los árboles, las hojas, las huellas en el suelo…

—Esto… tal vez tocar el diente no ha sido una gran idea.—murmulló Mateu.

Mientras pensaba qué hacer, notó que algo se movía su lado: era un huevo del tamaño de una sandía. Mateu se agachó justo cuando el cascarón empezó a moverse.

—Ay, ay, ay… ¡Está naciendo algo!

CRACK.

Del huevo salió una cabecita con ojitos brillantes y dientes afilados. ¡Un bebé velocirraptor! Era diminuto, pero sus patitas ya se movían rápido. Mateu tragó saliva.

—Bueno… tú no das miedo. Pero espero no encontrarme a tu mamá…

 Mateu decidió ir a explorar un poco. Estava flipando con aquellos árboles enormes, cuando de repende… ¡pum! Chocó contra una roca. No, no era una roca. Era… ¡una pata!

Levantó la vista y vio a un brontosaurio masticando hojas, ignorándolo por completo.

—Uff… ¡Eres herbívoro! —suspiró aliviado.

Pero antes de poder pensar otra cosa, el brontosaurio agachó su gigantesca cabeza, cogió a Mateu por la goma del pantalón del pijama, y lo dejó suavemente sobre su espalda. ¡Ahora estaba encima del brontosaurio!

—¡Wow! ¡Es como una montaña viviente! Una, hecha de escamas rugosas y pequeñas.

El brontosaurio siguió caminando con calma, mientras Mateu trataba de no caerse. Se sujetó fuerte, pero entonces se dio cuenta de algo genial: su cola era larguísima y se parecía mucho a un… ¡tobogán!

—Mmm…

Se colocó en posición, tomó aire y… ¡se deslizó por la cola del brontosaurio! 

—¡Yujuuuuuuuu!

Al llegar al suelo, rodó hasta quedar de espaldas, riéndose sin parar.

Pero entonces… unos pasos muy pesados sonaron más cerca de lo que a Mateu le hubiera gustado.

Mateu giró la cabeza y vio que algo muy, muy, muy, pero que muy grande, movía las hojas de las copas de los árboles. Su estómago dio un vuelco.

—Oh, oh.

Se levantó de un salto y corrió, corrió y corrió… hasta que el mundo a su alrededor se volvió borroso.

Cuando abrió los ojos, estaba en su cama.

—¿Un sueño? —se preguntó.

Se frotó los ojos y miró hacia el escritorio de papá. Ahí estaba el diente del mosasaurio, tranquilo y sin brillar.

—Hmph. Seguro solo lo soñé…

Pero cuando se levantó, notó algo en su pijama. Lo tomó con cuidado. ¡Era una pequeña escama de dinosaurio!

Mateu se quedó mirando el diente, luego la escama y sonrió.

FIN.