Un cuento de duentes desordeanos, que nos habla sobre la importancia de cuidar el medio ambiente y la naturaleza
¿Alguna vez has oído hablar del pueblo de Desastreburgo? Sus habitantes son duendes simpáticos, juguetones y… bueno, un pelín desordenados. Si “un pelín” significa que dejaban calcetines colgados de las setas, chicles pegados en los árboles y botellas de plástico flotando en la charca del sapo Cornelio, que ya no croaba de la pena.
En el centro del pueblo, justo al lado de la estatua del Gran Duende Patasarriba (inventor del embudo para lluvia), crecía una flor mágica. Alta y reluciente, con unos pétalos preciosos, que cambiaban de color.
La flor se llamaba Florinda. Porque todas las cosas mágicas tienen nombre, incluso las que no lo saben.
Y había una duende que cuidaba de Florinda más que cualquier otro habitante del pueblo: Petunia Pispás. Petunia no era la más alta, ni la más fuerte, ni tampoco la mejor en matemáticas, pero tenía el corazón más grande del bosque.
Petunia regaba a Florinda con agua fresca, la peinaba con un cepillo de pelos de mapache, y le cantaba canciones del bosque. Y Florinda, contenta, bailaba con el viento y lanzaba polvitos de magia que mantenían el pueblo alegre, próspero y con olor a galleta recién horneada.
Todo era perfecto… hasta que los duendes empezaron a pasar de todo.
Después de la gran fiesta de otoño, a nadie se le ocurrió ordenar ni recoger. Luego vino la fiesta de la pizza con piña y nadie quiso limpiar nada. Luego una carrera de caracoles donde todos los caracoles se negaron a participar porque, según ellos, “el suelo estaba pringoso”. Después vinieron las guerras de mermelada, los castillos de cartón abandonado y el “Gran Concurso de «Quien lanza el bote más lejos».
Y el bosque empezó a cambiar.
Las hojas perdieron brillo y Florinda… Florinda dejó de brillar.
Una mañana, Petunia encontró a Florinda con los pétalos caídos, la cabeza gacha y el olor… bueno, digamos que ya no olía a galleta. Más bien a calcetín de ogro usado.
—¡No puede ser! —gritó Petunia—. ¡Florinda, di algo!
La flor estornudó.
Petunia salió corriendo por el pueblo, esquivando montones de envoltorios, ruedas de triciclo, y una guitarra que sonaba sola (nadie sabe por qué). Fue casa por casa:
—¡Tenemos que limpiar! ¡El bosque está enfermo! ¡Florinda está enferma! ¡Y el sapo Cornelio está practicando kung-fu para vengarse de nosotros!
Los otros duendes no le prestaron mucha atención.
—Bah, seguro que es una gripe floral —dijo Rulo, un duende que usaba pantalones de pana y llevaba el pelo lleno de trenzas tiesas.
—¡Tú solo quieres que freguemos! ¡Seguro que es una trampa para que limpiemos tu cabaña! —acusó Lila Sinvergüenza, mientras comía helado con tenedor.
Petunia se dio cuenta de que tenía que actuar. Hizo carteles, organizó charlas, ofreció galletas (de berenjena con queso azul, lo cual fue un error). Pero nadie parecía tomarse en serio la situación. Hasta que…
Una tarde, Florinda explotó en una nube de humo violeta y lanzó un estornudo tan fuerte que despeinó a todo el pueblo. Literalmente. Hasta la estatua del Gran Duende Patasarriba perdió el sombrero.
Entonces, por fin, los duendes comprendieron.
—¡La flor mágica está agonizando! —gritó la abuela Lucera, mientras se sujetaba la dentadura.
—¡Y ahora el bosque huele a calcetín de ogro usado! —añadió el alcalde, con lágrimas en los ojos (porque el olor picaba).
Petunia subió a una seta y alzó la voz:
—¡Este bosque nos dio un hogar! ¡Florinda lo llenó de magia y alegría! ¡Y nosotros le dimos… basura! ¡Eso no está bien! ¡Tenemos que cambiar!
Hubo un silencio.
Y luego, como si el sentido común hubiera aterrizado en Desastreburgo por primera vez, todos los duendes se pusieron manos a la obra.
Recogieron, reciclaron, lavaron, barrieron, fregaron, peinaron ardillas (no era necesario, pero estaban en racha). Hicieron compost con los restos de sus fiestas, construyeron papeleras con cocos viejos y decoraron el bosque con carteles como “Cuida tu bosque como cuidas tu pelo (¡o más!)”.
Las flores empezaron a abrirse de nuevo. Y Florinda, lentamente, recuperó su color.
Un día, cuando ya todo volvía a la normalidad, Florinda abrió los pétalos y soltó una nube de polvo brillante que olía a helado de fresa con chispitas de chocolate.
—¡Ha vuelto! —gritó Petunia, dando saltitos.
—¡Y no huele a pies! —celebró Rulo, oliéndose los suyos por si acaso.
Desde entonces, Desastreburgo cambió. No dejaron de hacer fiestas (son duendes), pero ahora las hacían con platos reutilizables, premios de barro reciclado y concursos de “Quién recoge más basura del bosque en menos tiempo”. Incluso inventaron una escoba a propulsión que barría y cantaba al mismo tiempo, aunque desafinaba un poco.
A partir de entonces, Petunia fue nombrada Guardiana del Verde y nadie volvió a ensuciar el bosque.
FIN.