Un cuento para niñas, niños y monstruos, que nos habla sobre los miedos y como afrontarlos.
Grox se retorcía en su cama de esponjoso musgo morado. Se tapó con su manta de telarañas suaves, se giró a la derecha, luego a la izquierda y, finalmente, se quedó boca arriba con sus diecisiete ojitos abiertos como platos. ¡No podía dormir!
Su mamá, la dulce Momox, entró en la habitación bostezando y rascándose la barriga peluda.
—Grox, cariño, ¿qué pasa? Ya es muy tarde —dijo con voz soñolienta.
—No puedo dormir, mamá… —susurró Grox, temblando un poquito—. Hoy en el cole, Slorff dijo que… que… ¡que existen los humanos!
Momox parpadeó con sus ocho ojos saltones y luego suspiró con cariño.
—¿Otra vez esas historias? ¿Qué te dijo Slorff esta vez?
Grox se incorporó en la cama y bajó la voz como si temiera que un humano lo escuchara.
—Dijo que los humanos son grandotes, con solo dos ojos aburridos y sin antenas ni escamas ni tentáculos. Que tienen la piel lisa y rara… ¡y que nunca eructan purpurina!
Momox rió suavemente.
—Bueno, eso sí es cierto. Los humanos no tienen purpurina en la barriga como nosotros. ¿Pero por qué te da miedo eso, pequeñín?
Grox abrazó su almohada con fuerza.
—Porque Slorff dijo que los humanos son monstruosos. ¡Que nos quieren atrapar y ponernos en jaulas para estudiarnos!
—Ay, Grox… —Momox le dio un besito en su naricita azul—. Ven conmigo. Vamos a despejar esos pensamientos tontos.
Lo llevó hasta la cocina, donde preparó un vaso de zumo de babosa con espuma de murciélago (su favorito). Mientras Grox bebía a sorbos, Momox se sentó a su lado.
—Verás, Grox. Los humanos no son monstruosos. Son… diferentes, sí. Pero también son curiosos y divertidos. ¿Sabes qué hacen cuando tienen miedo?
Grox se quedó pensativo.
—¿Se esconden bajo la cama?
Momox se rió.
—Algunos sí. Pero otros cuentan historias sobre monstruos, ¡como nosotros!
Grox abrió los ojos de en medio con sorpresa.
—¿Nosotros les damos miedo a ellos?
—Oh, sí. Algunos humanos creen que tenemos dientes enormes, garras afiladas y que vivimos en sus armarios esperando para asustarlos.
Grox se rascó la cabeza peluda.
—Pero… ¡eso no tiene sentido! Nosotros no vivimos en armarios. ¡Y no queremos asustar a nadie!
—Exactamente —dijo Momox—. Nosotros sabemos que no somos malos ni queremos hacerles daño. Solo somos diferentes. Lo mismo pasa con los humanos. No son tan distintos a nosotros, solo que no nos conocen bien.
Grox pensó en eso mientras daba un largo trago a su zumo. Entonces le vino una idea y no pudo evitar soltar un sonoro eructo.
—¡BUUUUURP!
De su boca salió una nube de purpurina dorada y verde que se esparció por la cocina. Momox chasqueó la lengua, pero sonrió.
—¡Ups! —dijo Grox riéndose—. ¿Tú crees que los humanos eructan?
—Sí, pero sin purpurina —dijo Momox—. Pobrecillos, ¿no?
Grox se rió tanto que se cayó de la silla con un plof.
—¡Eso es muy triste! A lo mejor si me encuentro con un humano, puedo enseñarle a eructar con estilo.
Momox lo ayudó a levantarse y le revolvió el pelo azul.
—Eso sería muy amable de tu parte, hijo mío. Pero ahora, a la cama.
Grox bostezó y se dejó llevar de la mano. Cuando se acomodó en su camita de musgo, ya no sentía miedo.
—Mamá, creo que los humanos no son tan malos. Pero por si acaso… ¿puedo dormir con mi peluche antiespantos?
—Por supuesto, cariño.
Grox abrazó a su peluche de tentáculos y cerró sus diecisiete ojitos con una gran sonrisa. Justo antes de dormirse, murmuró:
—Si los humanos supieran lo bonitos que son los eructos con purpurina…
Y con esa idea divertida en mente, se quedó dormido sin miedo alguno.
FIN.