Un cuento para niñas y niños sobre piratas, tesoros y el vínculo con los abuelos. ¿Cuál crees que será el auténtico tesoro?
Julia y Ona eran dos hermanas de ocho y cinco años (y medio). Aunque se querían mucho, solían discutir por tonterías, (si tienes hermanas o hermanos, ya sabes de lo que te hablo) aunque había algo en lo que estaban siempre de acuerdo: su abuelo Gerard había sido un pirata.
Para empezar, su abuelo había viajado por todo el mundo. Sabía navegar y contar historias de mares lejanos. Además, tenía un gato viejo y gruñón, llamado Bucanero, una pipa (que nunca usaba, pero la mordisqueaba como un viejo lobo de mar) y una enorme colección de libros antiguos con mapas misteriosos. Todo encajaba.
Aquí estaba la cuestión: si el abuelo había sido un pirata, entonces debía tener un tesoro escondido. Y si tenía un tesoro escondido, ellas lo encontrarían.
Así que, cuando sus padres las llevaron a pasar el fin de semana a la casa de campo del abuelo, Julia y Ona se prepararon para una misión secreta: Operación Tesoro Pirata.
La primera parte del plan consistía en observar al abuelo con mucha atención. Durante la merienda, Ona le preguntó muy sutilmente:
—Abuelo, si tuvieras un tesoro, ¿dónde lo esconderías?
El abuelo Gerard levantó una ceja y se rascó la barba.
—Mmm… Tal vez en un lugar alto, donde nadie mire nunca. O tal vez en un sitio oscuro y muy, muy, muy polvoriento…
Julia y Ona se miraron. ¡La buhardilla!
Esperaron pacientemente hasta que el abuelo se durmió en su sillón favorito y subieron a hurtadillas por la escalera crujiente. La buhardilla era un caos de cajas, muebles viejos y telarañas del tamaño de un pulpo. (Bueno, quizás no tanto, pero Julia odiaba las arañas y le parecían gigantescas.)
—Busca un cofre —susurró Ona.
—O un mapa del tesoro —respondió Julia.
Revolvieron un poco aquí y allá hasta que… ¡bingo! Un baúl enorme, con cerraduras oxidadas y adornos dorados.
—¡Lo encontramos! —exclamó Ona, sacudiendo el polvo con un estornudo.
Lo abrieron con gran esfuerzo y dentro encontraron… mantas viejas, fotos en blanco y negro y una caja con unos brillantes diamantes.
—¡Joyaas! —susurró Julia con los ojos muy abiertos.
—¡Esto es el tesoro del abuelo! —gritó Ona, emocionada.
Pero justo en ese momento, el abuelo Gerard apareció en la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa divertida.
—Vaya, vaya, vaya… ¡así que mis dos grumetes han encontrado mi tesoro!
Julia y Ona se quedaron paralizadas. Pero el abuelo no parecía enfadado. De hecho, reía.
—Chicas, esos no son diamantes de verdad. Son cristales de una vieja lámpara. Se rompió hace años, pero me parecieron bonitos y los guardé.
Julia y Ona se miraron, decepcionadas.
—Entonces… ¿no tienes un tesoro? —preguntó Julia.
El abuelo sonrió misteriosamente.
—¡Claro que tengo un tesoro! Pero no está en la buhardilla. Venid conmigo.
El abuelo las guió hasta su biblioteca. Era una habitación con estanterías altísimas, llenas de libros de todos los tamaños y colores. Había mapas, cómics, enciclopedias y cuentos. El abuelo señaló una estantería especial, con libros ilustrados y llenos de aventuras.
—Estos libros son para vosotras. Aquí encontraréis historias de piratas, de exploradores, de animales increíbles… ¡Este es mi tesoro! Y también es vuestro.
Julia y Ona hojeaban los libros con los ojos brillantes.
—Pero aquí hay otros libros que no entendemos —dijo Ona, mirando una estantería más alta.
—Esos son para cuando seáis más mayores —dijo el abuelo con una sonrisa—. Hay poesía, libros sobre países lejanos, ciencia, naturaleza… Algún día también formarán parte de vuestro tesoro.
Julia y Ona sonrieron y abrazaron a su abuelo muy fuerte. Luego se quedaron calladas un momento y preguntaron al mismo tiempo:
—Abuelo, ¿seguro que nunca fuiste un pirata?
El abuelo les guiñó un ojo.
FIN.