¿Dónde está Pataslargas?

cuentos cortos para dormir: ¿Dónde está Pataslargas?

Un cuento infantil que nos habla de como afrontar las pérdidas.

Ari era una niña curiosa, risueña y un poco desordenada. Le gustaban los macarrones con tomate, saltar en los charcos y ponerle nombre a las cosas. Su planta se llamaba Juanita. Su cepillo de dientes, Brillín. Y su peluche favorito, ese era el más especial de todos: Pataslargas.

Pataslargas era un pato. Pero no un pato cualquiera. Era un pato con unas patas taaan largas que, si las estirabas bien, podías usarlo como bufanda. Bueno, casi.

—¡Vamos al súper, Ari! —dijo mamá una mañana soleada.

—¡Voy! ¡Pero Pataslargas viene conmigo! —anunció Ari, colocándose al pato como si fuera un cinturón de seguridad.

Y allá fueron las dos, mamá y Ari, camino al supermercado. Pataslargas colgaba del carrito como si fuera el capitán de un barco en alta mar.

En el súper, Ari ayudó a elegir cereales (eligió los que tenían dibujitos de dragones), tocó casi todas las frutas y preguntó:

—¿Por qué se llama coliflor si no tiene cola?

Después de un rato, mamá dijo:

—¡Listo! ¡Nos vamos!

Y se fueron, con las bolsas, el pan recién hecho, y… sin Pataslargas.

Cuando llegaron a casa, Ari fue directa a su habitación, como siempre.

—¡Hora de construir una torre con mis peluches! —dijo feliz.

Pero cuando miró en su mochila… nada.

Miró bajo la mesa… nada.

Miró dentro del frutero (por si acaso)… nada.

—¡MAMÁ! ¡Pataslargas no está! —gritó con voz temblorosa.

Mamá se quedó blanca como el yogur de vainilla.

—¡Ay, no! ¡Se habrá quedado en el súper!

Salieron volando como dos helicópteros locos: ZUUUM ZUUUM, directo al supermercado.

Buscaron por los pasillos. Preguntaron a la señora de la caja. Miraron debajo de las estanterías, entre los plátanos, y hasta en el congelador de los helados.

Nada. Pataslargas había desaparecido.

Ari arrugó la nariz. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Y su labio empezó a temblar como una gelatina en patines.

Esa noche, se metió en la cama abrazando una toalla.

—No es lo mismo —murmuró.

—Lo sé, cariño —dijo mamá, acariciándole el pelo—. Pero quizás… quizás Pataslargas esté viviendo una aventura.

—¿Una aventura? —preguntó Ari, frunciendo el ceño.

—Claro —dijo mamá con una sonrisa misteriosa—. ¿Te imaginas que ahora mismo está surcando los mares en un barco pirata?

—¡Con un parche en el ojo! —añadió Ari, sentándose de golpe.

—¡Y una banda de peluches piratas! ¡El temible Capitán Conejo, la fiera Sra. Oso y el loro gritón: Don Calcetín! —continuó mamá.

—¡Y Pataslargas es el navegante! Con sus patas largas puede mirar por el catalejo sin ni siquiera subirse al mástil.

Ambas rieron y rieron hasta que papá asomó la cabeza por la puerta.

—¿Qué es tanto jaleo?

—¡Estamos imaginando dónde está Pataslargas! —dijo Ari.

—¡Oh! Yo creo que Pataslargas se convirtió en chef —dijo papá muy serio.

—¿Chef?

—Sí, en la cafetería del supermercado. Con su gorro de cocinero y todo. Hoy hizo sopa de zanahoria con confeti. Y mañana… ¡tarta de espaguetis!

—¡Puaj! —gritó Ari, riéndose.

—Y después se lanza por una rampa de mayonesa para celebrar —añadió papá, bailando como si patinara.

Entonces apareció Gala, su hermana pequeña.

—¿Habláis de Pataslargas?

—¡Sí! —dijeron todos al unísono.

—Pues yo estoy segura de que Pataslargas fue adoptado por un grupo de flamencos bailarines. Sus patas largas lo hacen perfecto para el ballet. ¡Tacatá! —y Gala giró sobre sí misma como una peonza de feria.

Ari se rió tanto que le dolió la barriga.

—¡Pataslargas en tutú rosa!

Y así, uno por uno, todos imaginaron aventuras maravillosas.

Papá añadió que quizás Pataslargas se había convertido en astronauta y ahora orbitaba la Tierra comiendo galletas espaciales.

Mamá pensaba que había sido elegido alcalde de los objetos perdidos, y que vivía en una ciudad secreta hecha de llaves, bufandas y tapas de bolígrafo.

Y Gala aseguraba que lo vio en un documental, cabalgando sobre una tortuga gigante en una isla misteriosa llena de cocos parlantes.

Ari se acurrucó entre las mantas, sonriendo.

—Tal vez esté viajando por todo el mundo para contarme sus historias cuando vuelva —susurró con los ojos ya medio cerrados.

—Seguro que sí —dijo mamá, dándole un beso en la frente—. Y cuando vuelva, necesitará una maleta.

—Y un diario para escribir todo —añadió papá.

—Y un tutú —dijo Gala con voz soñolienta.

Ari se quedó dormida con la sonrisa aún en la cara. Soñó con mares de gelatina, castillos en el aire y un pato de patas largas bailando salsa con una mopa.

Desde aquel día, cada vez que Ari veía algo curioso —una nube con forma de bigote, un zapato abandonado en la calle, una canción nueva en la radio— decía:

—Seguro que eso lo ha visto también Pataslargas.

Y aunque lo echaba mucho de menos, también lo imaginaba feliz, viviendo aventuras, salvando a otros peluches perdidos o descubriendo el secreto de las palomitas que no explotan.

Porque, a veces, perder algo no es solo perderlo. A veces, es el comienzo de una gran historia.

¿Y tú? ¿Dónde crees que está ahora Pataslargas?