Un cuento infantil para dormir, con ruedas, magia y decisiones difíciles pero brillantes.
Alba era una niña como muchas, con el pelo revuelto, las rodillas llenas de historia (raspones) y una sonrisa que salía sola cada vez que patinaba.
Porque patinar era su superpoder.
Bueno, su casi superpoder.
Cuando el viento soplaba justo, y su corazón iba al mismo ritmo que sus ruedas, Alba brillaba como si tuviera fuego en los pies.
Entrenaba cada tarde en el parque de los robles parlantes (no hablaban en voz alta, pero crujían como si le contaran cotilleos a las ardillas).
Nuestra protagonista tenia un sueño:
— ¡Ganar el Gran Campeonato de patinaje del Sábado!
Pero… había un problema. Había niñas y niños que eran buenísimos.
Y no solo buenísimos: también altos, flexibles, rápidos y uno hasta tenía un tutú con luces LED.
— Quedar cuarta ya sería un milagro —pensaba Alba, con un suspiro, mientras se sacaba una hoja del pelo (regalo habitual del parque).
Y entonces… ocurrió lo raro.
Una tarde, mientras buscaba su botella de agua debajo de un banco (no preguntes por qué estaba allí, nadie lo sabe), encontró una caja misteriosa.
No era una caja cualquiera. Era azul, con brillos, una cerradura en forma de estrella y un letrero escrito en purpurina:
“Patines Mágicos. Usar con cabeza. O con casco, al menos.”
Alba, que tenía mucha curiosidad (y solo lo justo de sentido común),así que la abrió.
Dentro había unos patines que no parecían normales. Tenían ruedas que cambiaban de color, cordones que se abrochaban solos y desprendian un curioso olor a caramelo con canela.
— ¿Qué… qué es esto? —murmuró Alba.
Y como era Alba, se los probó.
ZAS.
En cuanto se puso en pie, los patines se encendieron con una chispa.
Y entonces Alba… voló.
Bueno, no literalmente, pero patinaba como si el suelo le diera empujoncitos de alegría.
Giró tres veces seguidas, saltó un arbusto, hizo una figura en el aire con forma de espiral con confeti (¿de dónde salió el confeti?), y aterrizó sin despeinarse.
— ¡WOAH! —gritó un perro que la miraba desde la fuente.
(Al menos, eso creyó Alba. Tal vez fue su imaginación. O el confeti le afectó al oído).
Esos patines eran mágicos de verdad.
Durante tres días, entrenó como un cohete.
Saltos perfectos. Giros imposibles. El giro de la croqueta mejorado.
Ya no era buena. Era espectacular.
Y llegó el sábado.
El Gran Día.
Alba estaba en el vestuario del pabellón, con sus patines mágicos brillando dentro de la bolsa. Podía oír al público aplaudir, a los otros patinadores haciendo calentamientos imposibles y a su estómago rugir como un dragón nervioso.
— Si me los pongo, gano fijo —dijo.
Se imaginó el trofeo.
Los aplausos.
La señora que siempre vendía helados regalándole uno de vainilla (sin gluten). Gratis.
Pero entonces, algo crujió dentro de ella. Como los robles parlantes, pero más profundo.
Se miró las manos. Se miró las rodillas.
Pensó en todas las veces que se cayó, que lloró, que se levantó otra vez.
— ¿Ganar… sin haberlo hecho yo de verdad? —susurró.
Y entonces, hizo lo más difícil del mundo:
Sacó sus patines de siempre. Los viejos. Los que hacían ruidito. Los que tenían una calcomanía medio despegada de un gato que le recordaba a su gata Frida.
— Hoy patino con estos. Porque son míos. Y porque yo soy yo.
Cuando salió a la pista, el sol se coló por las ventanas y le dio en la cara como si dijera: “Bien ahí, Alba”.
Patinó.
Y no fue perfecto.
El giro de la croqueta fue más bien un ñoqui.
Una vuelta la hizo un poco torcida.
Y hubo un momento en que pareció que iba a atropellar a una señora del jurado.
Pero fue suyo. Todo suyo.
Cuando acabó, respiraba como un dragón asmático. Pero sonreía.
Y el público aplaudía.
Y alguien gritó:
— ¡Eso fue auténtico!
Al final quedó cuarta.
Le dieron una medalla de madera con forma de rueda y una bolsita de galletas de dinosaurio.
Y ¿sabéis qué?
Estaba feliz.
De verdad feliz.
Porque no había ganado el podio…
Pero sí se había ganado a sí misma.
Y eso, queridos lectores, es más difícil de conseguir que unos patines mágicos.
Cuando volvió al parque, guardó los patines mágicos en su caja azul.
Los enterró junto a una piedra con forma de pez globo.
Y dejó un cartel:
“Gracias, pero no gracias. Me gusta patinar con mis piernas, mi esfuerzo y mi ruidito.”
Y siguió entrenando.
Y mejorando.
Y soñando con el podio algún día.
Pero con sus ruedas.
Con sus raspones.
Y con su sonrisa de fuego en los pies.
FIN.
🛠️ Ideas y herramientas para trabajar este cuento con tus pequeñ@s libronautas
🧠 1. Preguntas para hacer a tus peques
Para fomentar la comprensión lectora, el pensamiento crítico y, lo más importante, vuestro vínculo:
- ¿Tú qué habrías hecho en el lugar de Alba? ¿Habrías usado los patines mágicos o los tuyos de siempre? ¿Por qué?
- ¿Te ha pasado alguna vez eso de sentirte menos que los demás porque son más rápidos, altos o brillantes? ¿Cómo lo resolviste?
- ¿Qué significa para ti “ganar”? ¿Siempre es lo más importante?
💬 Estas preguntas abren la puerta a reflexiones profundas, pero también a conversaciones sencillas que ayudan a construir autoestima y autoconfianza.
🎓 2. ¿Qué hemos trabajado?
Resumen pedagógico del cuento:
Este cuento trabaja de forma sutil y divertida valores fundamentales en la infancia:
- Autoconfianza y autenticidad: Alba aprende que ser fiel a sí misma y valorar su propio esfuerzo es más importante que ganar con ayuda externa.
- Esfuerzo y perseverancia: Aunque los patines mágicos son tentadores, Alba reconoce el valor de todo lo que ha aprendido con sus caídas y entrenamientos.
- Toma de decisiones éticas: El cuento presenta una situación moral que permite trabajar con peques la importancia de decidir según nuestros valores, incluso si eso significa renunciar a un “atajo”.
- Gestión de expectativas y emociones: Aprender a disfrutar aunque no se gane, y aceptar la imperfección con humor y orgullo.
Perfecto para trabajar educación emocional, autonomía y pensamiento crítico en casa o en el aula.
🔍 3. Datos científicos y curiosidades
Para sacarle aún más jugo al cuento, aquí van algunas curiosidades sobre temas que aparecen:
- 🛼 Los patines de ruedas se inventaron en el siglo XVIII, pero no fue hasta los años 80 cuando se hicieron súper populares con el “boom” del roller disco.
- 🌳 Los árboles, como los robles, se comunican entre ellos a través de sus raíces y hongos subterráneos, lo que algunos científicos llaman la “Wood Wide Web”.
- 🌟 El cerebro infantil valora más el proceso que el resultado: neuroeducación demuestra que cuando un niño o niña ve su progreso, su motivación y autoestima crecen más que si solo recibe recompensas externas.
- 🧠 Tomar decisiones difíciles activa la corteza prefrontal, una zona clave del cerebro que se desarrolla especialmente en la infancia. ¡Así que este cuento también entrena el cerebro!
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