Caramelo y el misterio del «algo» perdido

Caramelo y Estrella, un pegaso y un unicornio, en una habitación desordenada

Un cuento infantil que habla de los problemas de ser desordenados, desde el humor y el cariño.

En lo más alto de una nube esponjosa, allá donde las nubes hacen «pom» al pisarlas y los arcoíris sirven de toboganes, vivía un joven pegaso marrón llamado Caramelo.

Caramelo tenía unas alas grandes, una sonrisa aún más grande y, según los informes más recientes del Consejo Nuboso del Bosque Celeste, la habitación más desordenada de todo el cielo.

—¿Alguien ha visto mi cepillo? —preguntó una vez a su padre.

—No, pero creo que está debajo de ese libro que está debajo de esa taza que está encima del sombrero que… —empezó a responder, pero Caramelo ya se había ido a volar.

Esta mañana, sin embargo, algo importante estaba pasando. Caramelo revoloteaba nervioso de un rincón a otro de su habitación, lanzando objetos al aire como si estuviera en medio de un tornado mágico.

—¡No puede ser! ¡Tiene que estar aquí! —gritaba, mientras un zapato pasaba silbando por encima de su cabeza.

Justo en ese momento, se asomó por la ventana una cabecita rosada con cuerno brillante. Era Estrella, un unicornio chiquito, brillante, chispeante y un poco mandona (pero en plan adorable).

—¡Buenos días! ¿Qué estás haciendo? ¿Estás… luchando contra un monstruo invisible? ¿O entrenando para las Olimpiadas del Desorden?

—Estoy buscando algo. —Caramelo bufó mientras metía la cabeza dentro de un cajón que contenía, inexplicablemente, una sandía, un par de gafas de esquí y un patito de goma con bigote.

—¿Qué “algo”? —preguntó Estrella, entrando por la ventana flotando en un rayito de luz, como hacen los unicornios que saben aprovechar los efectos especiales naturales.

—No lo sé.

—¿No sabes qué estás buscando?

—¡No! ¡Solo sé que es importante! —dijo Caramelo, dramáticamente—. Es como una cosquillita en la pezuña izquierda. Algo me falta, y lo necesito.

Estrella entrecerró los ojos, con la expresión que ponía cuando resolvía misterios.

—Vale —dijo—. Empecemos con preguntas. ¿Es grande?

—No.

—¿Pequeño?

—Sí.

—¿Huele raro?

—Probablemente.

—¿Se come?

—¡Espero que no!

—¿Estaba en este cuarto?

—En algún momento de mi vida, sí. Creo.

—Ajá. Misterioso. ¡Esto es un caso para… ESTRELLA DETECTIVE!

Y dicho eso, sacó una lupa imaginaria y se lanzó al caos de la habitación.

Empezaron por la montaña de cosas que vivía al lado del armario. Encontraron:

  • Tres medias sin pareja.
  • Cuatro cucharas mágicas que solo removían en sentido antihorario.
  • Una carta que decía «Querido Caramelo, te has olvidado tu…» y nada más (el resto estaba mordido).
  • Un mapa del “Reino de los Tentempiés Prohibidos”.

—¡Esto es un desastre! —exclamó Estrella, sacando la cabeza de debajo de una manta que olía a mermelada con patas.

—¡No! Esto es mi sistema de organización creativo! —respondió Caramelo, levantando una caja de juguetes que hacía “muuuu” por alguna razón.

Buscaron durante horas. Bueno, minutos, pero para un unicornio impaciente y un pegaso al borde de la desesperación, fue como si el tiempo se hubiera estirado como chicle mágico.

—¿Estás seguro de que no era tu antifaz para dormir? —preguntó Estrella, que llevaba ahora puesto el antifaz y hablaba con voz dramática—. Porque me veo fabulosa.

—Nooo, no es eso…

—¿Ni tu yo-yo flotante?

—Nooo.

—¿Ni el patito con bigote?

—¡Ya he dicho que no!

—Pues esto es imposible —gruñó Estrella, mientras un calcetín se le enganchaba en la pata—. Aquí hay más cosas que en una feria de dragones.

Y entonces, ocurrió.

Mientras Estrella intentaba zafarse del calcetín traidor, el calcetín, como buen calcetín revoltoso, saltó directo a su cuerno y quedó ahí colgando, como una bandera de “yo ya me rindo”.

—¡Ahhhh! —gritó Estrella—. ¡Tengo algo en el cuerno! ¡Ayuda! ¡AYUDA MÁGICA!

Caramelo se giró, y sus ojos se abrieron como platos voladores.

—¡MI CALCETÍN! —chilló con tanta emoción que un grupo de nubes cercanas se desmayó.

—¿Qué?

—¡Es mi calcetín de la suerte!

—¿Eso?

—¡¡SÍ!! Es viejo, huele a aventuras (y un poco a queso), pero siempre me da suerte. ¡Siempre! ¡Una vez encontré una moneda dorada! ¡Otra vez gané el concurso de canto de pegasos! ¡Y una vez me salvó de una avalancha de muffins!

Estrella lo miró. Luego miró el calcetín. Luego a Caramelo. Luego otra vez al calcetín.

—Pues vaya con el calcetín.

Caramelo se acercó volando, con un brillo en los ojos y una lagrimita de emoción. Agarró el calcetín con cuidado, como si fuera un tesoro sagrado, y lo abrazó.

Sí, abrazó un calcetín.

—¡Gracias, Estrella! ¡Eres la mejor detective del universo!

—Eso ya lo sabía —dijo ella, inflando el pecho.

—Y ahora… ¡a celebrarlo! ¡Fiesta del Calcetín de la Suerte!

Caramelo saltó sobre su cama, lanzó confeti (que por algún motivo tenía en una caja de cereales) y puso música con una caracola musical que solo sabía tocar polcas mágicas. Estrella se unió a la fiesta, aunque se mantuvo a una distancia prudente del calcetín.

Y entre risas, bailes y algún que otro tropiezo con objetos no identificados, los dos amigos celebraron el hallazgo más épico del día.

Al final, Estrella miró a su amigo, que ahora tenía el calcetín colgado orgullosamente de una de sus alas.

—Caramelo… mañana, ¿puedo ayudarte a ordenar tu cuarto?

—¿Ordenar? ¿Qué es eso? —dijo él, con una sonrisa.

Estrella suspiró y se dejó caer sobre una nube blandita.

FIN.