Un cuento sobre magia, magos torpes y una lección sobre el esfuerzo y la constancia.
Había una vez un conejito llamado Rufus que no era un conejito cualquiera. No, no, no. Rufus era un conejito mágico. Podía hacer aparecer zanahorias con un chasquido de patas, saltar dejando una estela de purpurina con un estornudo y convertir piedras en algodón de azúcar.
Pero un día, Rufus se despertó y… ¡oh, no! Su magia había desaparecido. Probó hacer aparecer una zanahoria, pero solo salió una hoja mustia de lechuga. Cuando quiso convertir un par de piedras en algodón de azucar, estas se limtaron a mirarlo enfadadas y sacarle la lengua, justo antes de darle la espalda y volver a ser piedras normales ¡Algo andaba mal!
Rufus corrió a ver a su amiga Marga, una vieja tortuga que sabía un montón de cosas.
—Marga, algo terrible ha pasado. ¡He perdido mi magia!—exclamó Rufus con las orejas caídas.
Marga, con su calma habitual, sacó unas gafas redondas y miró a Rufus con ojo experto.
—Mmm… ¡Ya veo!—dijo. —Esto solo puede ser cosa de Don Mortimer, el Mago Sin Chispa.
—¿El Mago Sin Chispa?—preguntó Rufus.
—Sí. Es un mago muy torpe que no tiene magia propia, así que la roba de los demás. Seguro que te ha quitado la tuya.
Rufus apretó sus puñitos peludos. ¡Nadie se lleva mi magia así como así! Voy a recuperarla.
—¿Dónde vive ese Don Mortimer?
Marga señaló la Montaña de las Siete Curvas.
—Allí arriba. Pero ten cuidado, es astuto… aunque un poquito despistado.
Rufus partió de inmediato. Subió colinas, cruzó ríos y esquivó una bandada de gansos gruñones hasta que, por fin, llegó a la puerta de la casa de Don Mortimer.
Era una cabaña vieja y torcida, con humo morado saliendo por la chimenea. Rufus se asomó por la ventana y vio a Don Mortimer, un mago con una bata arrugada y sombrero desgastado, probando un hechizo.
—¡Ahora sí!—decía Don Mortimer, agitando su varita. —¡Abracadabra, zanahoria cadabra!
PUM! En lugar de una zanahoria, apareció una zapatilla vieja.
—Mmm… Esto no está funcionando como esperaba…—murmuró el mago.
Marga tenía razón: Don Mortimer era un mago desastroso.
Ahora Rufus solo tenía que encontrar su magia. ¡No estaba muy lejos! Sobresaliendo de un bolsillo de la bata de Don Mortimer, vio un frasco con una etiqueta que decía: «Magia de Rufus». ¡Ahí estaba!
Rufus arrugó el hocico. necesitaba un plan.
Se le ocurrió algo sencillo pero brillante. Golpeó la puerta y se escondió detrás de un arbusto.
—¿Quién es?—dijo Don Mortimer, abriendo la puerta. Como no vio a nadie, se encogió de hombros y volvió adentro..
Mientras Don Mortimer había abierto la puerta, Rufus había entrado rápidamente por la ventana y se había escondido detrás del sillón. Espero a que el mago se sentara y desde allí, sacó una pluma y le hizo cosquillas al mago en la oreja.
—¡Ah, ah, ah!—estornudó Don Mortimer, sacudiendo la cabeza. Y con el estornudo, el frasco de magia salió volando de su bolsillo.
Rufus saltó. Fue un salto super estiloso, incluso para ser un conejo: podéis imaginarlo como a cámara lenta, con flashes y un gran aplauso de fondo. Se permitió hacer una voltereta final y lo atrapó en el aire.
—¡Ja! ¡Mi magia vuelve a mí!—gritó, destapando el frasco y dejando que el polvo mágico lo envolviera. ¡Sintió su poder regresar!
Don Mortimer miró a Rufus y suspiró.
—Bueno, supongo que la magia robada nunca funciona bien de todos modos—dijo. —Eres un buen conejito, Rufus. ¡Quizás puedas enseñarme a hacer magia de verdad!
Rufus lo pensó. Quizás Don Mortimer no era tan malo, solo necesitaba un poco de ayuda.
—De acuerdo—dijo Rufus—, pero primero, ¡aprende a pedir las cosas!
Don Mortimer asintió, avergonzado.
Desde entonces, Rufus recuperó su magia y consiguió un nuevo amigo. Don Mortimer, aunque seguía siendo un poco torpe, aprendió que aunque no tenia un talento natural, la mejor magia era la que se conseguía con esfuerzo y constancia.
¡Y colorín colorado, este cuento encantado ha terminado!
FIN.